ciudadano_x
03-may-2004, 15:53
http://www.lavanguardia.es/02_05_2004/dom/sb0212a.jpg
El filósofo de la hipermodernidad destierra otros conceptos que definen nuestro mundo actual, como el de la posmodernidad, que, para él, apunta a un falso final de la Historia
GILLES LIPOVETSKY, FILÓSOFO
“El exceso de información nos angustia”
Tengo 60 años. Nací en París. Participé de la modernidad hasta la revolución retórica de mayo del 68, cuando inauguramos una hipermodernidad que nos ha hecho más individualistas que nunca. Como filósofo, he intentando analizar en mis obras los valores de esta era hipermoderna, que no posmoderna. He participado en el Festival Internacional de Revistas de Tendencias de Barcelona y voy a publicar “El tiempo hipermoderno” (Anagrama) para explicar los porqués del hiperindividuo
“La hipermodernidad en que vivimos te permite elegir si eres catalán o español o ambos a la vez, cristiano o judío, y cómo deseas serlo”
“Al desaparecer las ideologías universales de la modernidad, con un partido y una elite, sólo quedamos los individuos, interrogándonos”
“La del 68 fue una revolución, pero más retórica que efectivaa: nos importaba más la pasión de vivir bien, el ocio y la buena comida”
“La sociedad hipermoderna celebra el presente, rehabilita el pasado y teme el futuro. Sin el goce de la liberación se teme lo que pueda pasar”
“Ahora, todo es cálculo, porque se ha ensanchado tanto el ámbito de decisión individual que la responsabilidad es enorme, y angustia”
Lluís Amiguet - 02/05/2004 - LA VANGUARDIA
¿Se puede ser nacionalista y cosmopolita?
Ya no eres nacionalista por haber nacido en el país de tus padres y tus abuelos y porque “te toque” ser escocés o francés, a riesgo de ser un traidor. En la hipermodernidad que vivimos revisitas tus señas de identidad y adoptas las que más te gustan en una especie de menú opcional identitario: eliges ser catalán o español, o un poquito de ambas cosas, o prefieres ser europeo.
Es decir, que eliges una nacionalidad a la carta.
Exacto. Tú construyes tu propia identidad con los materiales que quieras tomar. Y eso te permite, por ejemplo, ser nacionalista y cosmopolita al mismo tiempo. En cambio, la modernidad que ya hemos superado quería afirmarse contra la tradición y las regiones con sus lenguas “antiguas”, que deberían dar paso al estado “moderno”, centralizado y con una sola lengua.
El estado jacobino.
Sí, el estado moderno nace de la convicción de que la organización en centro y periferia es fiel reflejo de la razón. Un modelo superado porque la hipermodernidad ya no tiene un solo centro. París ya no es, como fue durante la modernidad, el único centro de la moda y el arte. Hoy hay muchos centros que están en Nueva York, Milán o la misma Barcelona para el diseño.
¿Por qué ha cambiado el sentido común?
La modernidad empezó con la ilustración en el XVIII, culminó con la Revolución Francesa y acaba en mayo del 68. Durante la modernidad dominaban las grandes ideologías universalistas que aspiraban a dar una respuesta global al mundo. Eran ideologías, como el comunismo o el fascismo, que creían en el futuro y en un “hombre nuevo”, y que se imponían como única solución. Al desaparecer esas ideologías universales, centralizadas en un partido y una elite y millones de militantes sólo quedamos los individuos, interrogándonos a nosotros mismos.
¿Y la religión?
Ha sucedido lo mismo: antaño se era cristiano de padres a hijos, y nunca te cuestionabas si eras judío, cristiano o mormón. Habías nacido cristiano y la alternativa era aceptarlo y ser un buen cristiano, o ser un renegado y un apóstata. Hoy cada individuo se pregunta qué es ser judío, entonces reflexiona y decide un judaísmo a la carta o un cristianismo de menú. Muchos aseguran, por ejemplo, que son católicos, pero que no creen en el Vaticano, o que son judíos pero no creen en Dios, aunque siguen la tradición al pie de la letra.
Recuerdo que ha habido quien me ha asegurado aquí, en “la Contra”, ser ateo, pero “católico cultural”, como usted apunta.
Es una declaración hipermoderna.
¿La antigua modernidad no admitía titubeos ni votos particulares?
No. Los rechazaba absolutamente porque entorpecían la construcción de la utopía. El odio a la tradición inspira gran parte del marxismo, que aspiraba a sustituirla.
Como los fascismos.
Exacto, otro movimiento absoluto de la modernidad. Para la modernidad, los particularismos y las posturas personales eran no sólo egoístas, sino ridículas y arcaicas.
¿Cómo ha construido usted su propia identidad?
Soy un filósofo parisino que vivió la modernidad hasta el 68. El izquierdismo de la epoca fue una primera pieza de mi identidad, que era entonces muy colectiva. Entonces te definías a ti mismo sólo en relación a la revolución y el marxismo, y lo demás era secundario. Vivíamos en una sociedad rígida, burocrática y austera y, claro, teníamos la necesidad de destruirla.
Así empezó mayo del 68.
Fue tal vez el último coletazo de la modernidad. Fue una revolución, sí, pero en realidad más retórica que efectiva, porque los tiempos ya habían cambiado en nuestras mentes y nuestros corazones.
¿Cómo?
En el fondo nos importaba más la pasión de vivir bien, del ocio, de la buena comida que la revolución, aunque abusáramos todavía de la retórica revolucionaria. Nos revolucionábamos, pero tampoco queríamos perdernos el sexo, la comida, los amigos, la felicidad.
Yo, hasta ahora, había oído lo de posmoderno, pero igual el concepto nos lía más que aclarar.
Es un concepto falso. Destiérrelo. El concepto de posmodernidad deriva del de “fin de la historia”, y yo no lo comparto en absoluto. El posmodernismo es una idea muy simple: como ya no hay revoluciones y nadie cuestiona la democracia, entonces se ha acabado la historia y empieza la posmodernidad. Yo creo, en cambio, que hoy somos modernos también, pero de otra manera: somos hipermodernos.
Al acabar el 68 dejan ustedes de militar en la Revolución y pasan a militar en la vida.
Sí, comienza la liberación sexual, el hedonismo, el disfrute de la existencia, y eso es el principio del fin de los partidos políticos con auténtico poder sobre sus militantes, que abnegadamente ofrecían sus vidas en el altar del partido por un mundo mejor. Se dijo tras el 68 que éramos posmodernos porque nos importaba ya más el presente que el futuro.
Era cierto.
Sí, hasta entonces habíamos sacrificado el presente a la utopía. En la modernidad, la comodidad personal y el goce de la existencia era una debilidad burguesa imperdonable que entorpecía la tarea de construir una sociedad nueva. Con la hipermodernidad, en cambio, lo importante es el ahora.
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El filósofo de la hipermodernidad destierra otros conceptos que definen nuestro mundo actual, como el de la posmodernidad, que, para él, apunta a un falso final de la Historia
GILLES LIPOVETSKY, FILÓSOFO
“El exceso de información nos angustia”
Tengo 60 años. Nací en París. Participé de la modernidad hasta la revolución retórica de mayo del 68, cuando inauguramos una hipermodernidad que nos ha hecho más individualistas que nunca. Como filósofo, he intentando analizar en mis obras los valores de esta era hipermoderna, que no posmoderna. He participado en el Festival Internacional de Revistas de Tendencias de Barcelona y voy a publicar “El tiempo hipermoderno” (Anagrama) para explicar los porqués del hiperindividuo
“La hipermodernidad en que vivimos te permite elegir si eres catalán o español o ambos a la vez, cristiano o judío, y cómo deseas serlo”
“Al desaparecer las ideologías universales de la modernidad, con un partido y una elite, sólo quedamos los individuos, interrogándonos”
“La del 68 fue una revolución, pero más retórica que efectivaa: nos importaba más la pasión de vivir bien, el ocio y la buena comida”
“La sociedad hipermoderna celebra el presente, rehabilita el pasado y teme el futuro. Sin el goce de la liberación se teme lo que pueda pasar”
“Ahora, todo es cálculo, porque se ha ensanchado tanto el ámbito de decisión individual que la responsabilidad es enorme, y angustia”
Lluís Amiguet - 02/05/2004 - LA VANGUARDIA
¿Se puede ser nacionalista y cosmopolita?
Ya no eres nacionalista por haber nacido en el país de tus padres y tus abuelos y porque “te toque” ser escocés o francés, a riesgo de ser un traidor. En la hipermodernidad que vivimos revisitas tus señas de identidad y adoptas las que más te gustan en una especie de menú opcional identitario: eliges ser catalán o español, o un poquito de ambas cosas, o prefieres ser europeo.
Es decir, que eliges una nacionalidad a la carta.
Exacto. Tú construyes tu propia identidad con los materiales que quieras tomar. Y eso te permite, por ejemplo, ser nacionalista y cosmopolita al mismo tiempo. En cambio, la modernidad que ya hemos superado quería afirmarse contra la tradición y las regiones con sus lenguas “antiguas”, que deberían dar paso al estado “moderno”, centralizado y con una sola lengua.
El estado jacobino.
Sí, el estado moderno nace de la convicción de que la organización en centro y periferia es fiel reflejo de la razón. Un modelo superado porque la hipermodernidad ya no tiene un solo centro. París ya no es, como fue durante la modernidad, el único centro de la moda y el arte. Hoy hay muchos centros que están en Nueva York, Milán o la misma Barcelona para el diseño.
¿Por qué ha cambiado el sentido común?
La modernidad empezó con la ilustración en el XVIII, culminó con la Revolución Francesa y acaba en mayo del 68. Durante la modernidad dominaban las grandes ideologías universalistas que aspiraban a dar una respuesta global al mundo. Eran ideologías, como el comunismo o el fascismo, que creían en el futuro y en un “hombre nuevo”, y que se imponían como única solución. Al desaparecer esas ideologías universales, centralizadas en un partido y una elite y millones de militantes sólo quedamos los individuos, interrogándonos a nosotros mismos.
¿Y la religión?
Ha sucedido lo mismo: antaño se era cristiano de padres a hijos, y nunca te cuestionabas si eras judío, cristiano o mormón. Habías nacido cristiano y la alternativa era aceptarlo y ser un buen cristiano, o ser un renegado y un apóstata. Hoy cada individuo se pregunta qué es ser judío, entonces reflexiona y decide un judaísmo a la carta o un cristianismo de menú. Muchos aseguran, por ejemplo, que son católicos, pero que no creen en el Vaticano, o que son judíos pero no creen en Dios, aunque siguen la tradición al pie de la letra.
Recuerdo que ha habido quien me ha asegurado aquí, en “la Contra”, ser ateo, pero “católico cultural”, como usted apunta.
Es una declaración hipermoderna.
¿La antigua modernidad no admitía titubeos ni votos particulares?
No. Los rechazaba absolutamente porque entorpecían la construcción de la utopía. El odio a la tradición inspira gran parte del marxismo, que aspiraba a sustituirla.
Como los fascismos.
Exacto, otro movimiento absoluto de la modernidad. Para la modernidad, los particularismos y las posturas personales eran no sólo egoístas, sino ridículas y arcaicas.
¿Cómo ha construido usted su propia identidad?
Soy un filósofo parisino que vivió la modernidad hasta el 68. El izquierdismo de la epoca fue una primera pieza de mi identidad, que era entonces muy colectiva. Entonces te definías a ti mismo sólo en relación a la revolución y el marxismo, y lo demás era secundario. Vivíamos en una sociedad rígida, burocrática y austera y, claro, teníamos la necesidad de destruirla.
Así empezó mayo del 68.
Fue tal vez el último coletazo de la modernidad. Fue una revolución, sí, pero en realidad más retórica que efectiva, porque los tiempos ya habían cambiado en nuestras mentes y nuestros corazones.
¿Cómo?
En el fondo nos importaba más la pasión de vivir bien, del ocio, de la buena comida que la revolución, aunque abusáramos todavía de la retórica revolucionaria. Nos revolucionábamos, pero tampoco queríamos perdernos el sexo, la comida, los amigos, la felicidad.
Yo, hasta ahora, había oído lo de posmoderno, pero igual el concepto nos lía más que aclarar.
Es un concepto falso. Destiérrelo. El concepto de posmodernidad deriva del de “fin de la historia”, y yo no lo comparto en absoluto. El posmodernismo es una idea muy simple: como ya no hay revoluciones y nadie cuestiona la democracia, entonces se ha acabado la historia y empieza la posmodernidad. Yo creo, en cambio, que hoy somos modernos también, pero de otra manera: somos hipermodernos.
Al acabar el 68 dejan ustedes de militar en la Revolución y pasan a militar en la vida.
Sí, comienza la liberación sexual, el hedonismo, el disfrute de la existencia, y eso es el principio del fin de los partidos políticos con auténtico poder sobre sus militantes, que abnegadamente ofrecían sus vidas en el altar del partido por un mundo mejor. Se dijo tras el 68 que éramos posmodernos porque nos importaba ya más el presente que el futuro.
Era cierto.
Sí, hasta entonces habíamos sacrificado el presente a la utopía. En la modernidad, la comodidad personal y el goce de la existencia era una debilidad burguesa imperdonable que entorpecía la tarea de construir una sociedad nueva. Con la hipermodernidad, en cambio, lo importante es el ahora.
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